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De Quimeras y Ensoñaciones

Donante de sangre

Después de haber pasado por la U.C.I., la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital, donde permaneció seis días ingresado, gravemente herido, temiendo por su vida; un milagro de esos que no se repiten muy a menudo, desgraciadamente, facultó que todo quedase en un mal sueño, en una pesadilla de novela.
Le habían subido a la tercera Planta, con el resto de pacientes hospitalizados, a la habitación 325, al fondo del pasillo, adyacente a las mesas de los vigilantes jurados.
Apenas recordaba nada de lo acontecido en esos seis días, y por supuesto nada de una luz al final del túnel ni chorradas de esas por el estilo, tan sólo recordaba una sala que compartía con otros pacientes, sobre su pecho, dos electrodos conectados a una tríada de pantallas gráficas que oscilaban en dientes de sierra y unos números cambiantes a su derecha y frío, mucho frío, un frío que le hacía tiritar después de haber despertado de la anestesia entre un grupo de médicos, cirujanos, anestesistas, ayudantes y enfermeras con batas verdes, que comentaban algo sobre el éxito de la intervención.

Ahora lo que le molestaba es estar atado a la cama, se sentía impotente, un inútil e inactivo inválido.
El suero fisiológico goteaba inaudíblemente desde la bolsa colgada en el soporte hasta la cánula de ensanchamiento donde se hallaba el dispositivo manual de regulación de la velocidad de caída. Si hubiese tenido oídos de lechuza habría escuchado el ploff ploff ploff de la gota al caer. La otra bolsa, eran antibióticos. Un estrambótico vendaje le cubría parte del rostro. Y en el brazo derecho tenía abierta una vía sanguínea, rodeada y sujeta por esparadrapos, desde la cual le habían insuflado litros de sangre.
¿Tendría que maldecir desde ahora a los insensatos y manirrotos donantes anónimos que habían contribuido a que siguiera vivo? .
¡Diablos! ¡Se había intentado suicidar!
Si la estúpida solidaridad de la gente no hubiese llegado a dotar al hospital de sangre suficiente de su mismo grupo sanguíneo, tal vez ahora, ya estuviese jugando al mus con el mismísimo Lucifer.
Prometió no donar nunca más en su vida sangre y romper el carnet de donante que hacía diez años, desde la muerte de su hijo en accidente de tráfico, le habían entregado en el sanatorio cuando se prestó voluntario al comprobar la realidad y la necedad y retraimiento estúpido de la gente a un acto tan simple y generoso como era el donar sangre. Que carajo. Siempre se necesitaba sangre en los Hospitales, no quería pensar que su hijo la hubiese necesitado y no hubiera reservas en el hospital. Por aquel entonces pensó que era la ignorancia y la desidia lo que hacía a las personas ignorar un hecho que podía salvar una vida.
Y también pensó en la ridícula actitud de las familias a la prohibición de donar órganos, tan necia como ignorante actitud, y no le valían las negativas por causas religiosas, aún más estériles inclusive, sabiendo que conllevaba en juego la vida de otra vida.
Pero ahora la situación era diferente. Ahora él no quería sangre. Quería haber muerto y esa sangre le había salvado la vida. Casualidades de la vida. Rompería su carnet de donante de sangre. Lo haría.

Su mente buscaba respuestas y un culpable, y el culpable no podía ser él, eso desde luego que no, imposible, y sin embargo lo era, el único infractor de las reglas de la vida había sido su propia necedad.
Cuando el cañón del revolver rozó sus labios, un sabor acre de metal engrasado le llegó a su centro del pensamiento, allá mismo donde la bala debía ser disparada. Al contacto con los dientes, el frió metal le trasladó a las clases del instituto, a cuando jugando, alguien hacía chirriar la tiza sobre la pizarra y todo el vello de su cuerpo se le ponían de punta y un estertor le recorría de arriba abajo y los dientes le castañeteaban. Eso es lo que sintió. Su mano estaba temblando y no lo sabía, el dedo cerca del gatillo, todo el cañón metido en la boca, la agitación, el tembleque de su mano iba en un aumento atrozmente epiléptico. Tocó el gatillo e instintivamente la pistola retrocedió, parte del cañón abandonó la gruta húmeda y caliente de la boca, lo suficiente, lo preciso, para que la bala al dispararse saliera lateralmente y no centrada, y eso fue lo que le salvó la vida. Su miedo a morir le salvo la vida.

Infecundo y estéril escritor. Esas eran las palabras de su crítico literario. Infecundo y estéril escritor.
Ja. No era la primera vez, ni la segunda, pero los últimos meses había llegado a creérselo y abandonarlo todo, a dejarlo. ¡A la mierda! . Si ya no sabía escribir, lo dejaría, como había dejado de beber. Alguna vez incluso llego a insinuarse a si mismo si dejar de beber había sido el detonante para dejar de escribir bien. Si, realmente pensó que borracho era cuando sus obras cobraban la fuerza del genio que llevaba dentro.
Pero el abandono era el olvido. No sabía hacer otra cosa. Cuando miraba el papel en blanco no le salían palabras, no le salían historias. Nada. Realmente había perdido inspiración. Había perdido la capacidad de procrear diálogos sentidos y todo lo más que paría eran fetos sin estilo, sin gracia, feos y raquíticamente pobres. Y los críticos estaban ahí para hacérselo ver. Él, un triunfador, un ídolo, el Dios de las letras, ahora era como un gigante con los pies de arcilla. Más grande será la caída cuanto más alto llegues, y había llegado a la cúspide de la montaña, allá donde no hay más tierra que escalar, no hay más camino que seguir, porque es el final, y a no ser que lleves alas, no puedes conseguir más. Lo había tenido todo. Y ahora ya no era más que uno del montón, uno de esos escritores que pululan como setas. Y por eso había querido morir. No aguantaba más su agónica decadencia y decrepitud, su falta de originalidad, su falta de ideas.

Su médico le informó de su estado. Había sido un milagro que siguiese vivo. Nadie daba un duro por él.
Ahora pasaría bastante tiempo allí, recuperándose de su atrocidad, de su felonía hacia si mismo, de su deslealtad y traición a su vida.

Entre dos enfermeras, inmaculadamente vestidas de blanco, le desataron las manos, le bañaron, le asearon, le cambiaron los apósitos y las sábanas de la cama manchadas de betadine y le dejaron preparado y guapo para recibir visitas. No tenía los ánimos para ello, pero no podía escapar de aquellos familiares pesados y rimbombantes cuyo único afán era increparle y discutir entre ellos culpándose de no haberse dado cuenta antes de que algo así pudiese suceder.

Una joven médico interno residente, en prácticas desde hacía tan sólo una semana en el hospital, al llegar la noche, cuando todos los molestos familiares habían huido, al entrar a cambiar la bolsa de antibióticos, le llevó un libro, uno de los suyos, y le dijo que le gustaría que se lo firmara, que le pusiera una dedicatoria bonita. Había esperado a que estuviese sólo para que nadie pudiera oírles hablar, pues quería que supiera que gracias a ese libro, titulado, “Sangre para mi Hijo”, le había llegado tanto al alma, que ella había decidido ser enfermera a la vez que quería ser médico y estaba realizando estudios de medicina, compaginándolo con su trabajo. Le dijo que todavía tenía mucho que aprender, que le gustaba su trabajo, a pesar de lo agotador que le resultaba, pero que la satisfacción que le proporcionaba superaba todo lo demás.
Bueno, le halagó en tal manera, a él y a su obra, que un rubor apareció en sus mejillas.
Cogió el libro, abrió la tapa, y escribió unas palabras en su interior:

A mi futura médico : Gracias a ti No romperé mi carnet de donante de sangre.

2 comentarios

white -

el final de la última historia lo escribí antes de leer este relato tuyo, así que lo de la pistola, lo de la bebida, casualidad.
Este relato, magnífico y me repito, lo sé pero se me han escapado unas lagrimillas y todo.

merche -

un bonito canto a la esperanza. Saludos